La calle mágica

Hay lugares que recorremos sistemáticamente todos los días. Metros, kilómetros de nuestras vidas en que vamos planificando el día, pensando en la respuesta que no supimos dar o en la que posiblemente daremos.

Espacios en blanco en nuestra memoria en que nada nos llama la atención. No vemos al perro manchadito que todos los días nos ladra desde su enrejado portón.

Ni a la cuarentona que atiende el quiosko y nos mira pasar con una mezcla de fastidio y envidia.

El asfalto siempre es el mismo, recalentado por el sol o inundado por las lluvias de Mayo. Las casas permanecen estáticas, durmiendo su modorra bajo el azul del cielo de Julio como todos los años, impávidas.

El semáforo nos reclama la atención por breves instantes, y calculamos con fiereza de cronometristas cuál será el estúpido que se quede parado cuando por fin se libere el ansiado verde .

Todas las calles tienen el mismo olor. La ciudad se despereza, bosteza y empieza a rugir con el lamento de los sueños que ya no están.

Pero hay una calle en particular, donde el tiempo eligió quedarse. Por muy distraído que estés, la calle te llama.

En esa cuadra, cada vez que alguien pasa, descubre una nueva casa.

Los perros salen a correr al lado del auto sin ladrar, acompañándote con un silencio cómplice.

Los árboles giran su melena un día hacia el este, otro hacia el oeste.

En primavera, los manzanos liberan sus flores a tu paso, y el viento las hace danzar arriba, abajo, al costado y otra vez arriba, en un ballet irreal.

Los pájaros tampoco desentonan. Abren sus alas sólo lo suficiente para que el trino salga nítido y puro, como el sencillo tañir de una campana llamando a la oración.

Y la luz…esa luz que atraviesa las ramas y baña la calle con colores que todavía no han sido inventados. Que te acaricia con dulzura aunque sea Julio y la nieve brille con fuerza en la retina. Que se estira hasta el horizonte en el atardecer, como una mano mágica e intangible.

De noche los sonidos son silenciosos. No duerme la calle mágica. Espera, respira, resopla. Las hojas de los árboles se enrollan con un susurro suave, como si se arroparan para dormir. Los pájaros acarician con su piquito a sus pichones y las casas cambian de color y de locación, cuando nadie las mira.

No es de extrañarse que uno pase por esa calle y termine siendo otra persona.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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