Los colores de la inocencia


Nunca lo pensó. Ni siquiera se imaginó vivir algo así. Pero ese veintiocho de enero, de blanco y verano, se dio cuenta que le estaba pasando a ella. Que era real. Se pellizcó, por las dudas, pero además de la tonalidad verdosa del brazo, nada cambió. No estaba soñando, ni mirando una de las películas que la transportaban al mejor lugar de su imaginación.
La ventana seguía estando a su derecha, y el boudoir rosa, a su izquierda. Detrás de la puerta entreabierta se escuchaban los ruidos cotidianos de la casa, que comenzaba a desperezarse con gracia matinal.
Pasó un brazo por sobre el otro y se abrazó, balanceándose como cuando era una niña.
Suspiró. ¡Hacía tanto de eso! Cuando lo más importante era salir del colegio y juntarse con el Colo para jugar a la pelota, o ir al río y empujarse una y otra vez chapoteando en la orilla.
Hasta si se esforzaba, si hacía mucha memoria, cerrando los ojos pardos con esas pestañas ocre que tanto le gustaban a su papá, podía verse en la hamaca, los pies levemente doblados hacia el centro, concentrando toda la energía en impulsarse más arriba, más fuerte, más miedo y más arriba aún.
Sin ir más lejos, el día anterior estuvo trepada a la higuera del patio, con sus pantalones cortos manchados de tierra y la perra que le ladraba desesperada desde abajo.
Aunque lo mejor, era el patio de Don Carlos, al final de la Calle Larga. El peral se dejaba bastante, y el nogal era una fiesta en cualquier época del año. Cuando las nueces estaban bien verdes eran ideales para la gomera y volaban bien lejos, como impulsadas por cohetes invisibles.

La zanja de los Moreno era todo un reto. Si no sabías calcular exactamente la carrera y el salto, terminabas arañando la orilla y empapada del barro pegajoso del fondo. No es que fuera tan divertido, pero siempre había un nuevo en el pueblo que tenía que cumplir el rito.
Cuando llegó Ismael casi no tenía sentido hacerle saltar la zanja. El largo de sus piernas le aseguraba una victoria segura. Tenía la ventaja de haber cumplido dieciséis.
Ahora que lo pensaba, hace solamente dos veranos que Ismael vivía en el pueblo con su abuela. Llegó una noche de un lunes, en un caballo cansado y viejo. Su abuela estaba sola y salió a recibirlo con una sonrisa azul que Ismael devolvió como entre sueños. Es que él no quería venir al pueblo. Pero alguien tenía que cuidar a su abuela.
Y ahora esto. Cómo le iba a explicar al Colo y a Ismael, principalmente a Ismael, que a pesar de eso rojo que estaba mirando en la bombacha, ella seguía siendo la misma.

Anuncios

Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
Esta entrada fue publicada en Historias & Cuentos. Guarda el enlace permanente.

Qué te pareció? Sí, claro que quiero saberlo!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s