Triple Vida


De día vivía una rutina estándar. Se levantaba, hacía la cama, se calzaba las pantuflas, llegaba hasta el baño en unos cuantos pasos lentos, y mientras se lavaba los dientes, organizaba su vestimenta .

Lo difícil era combinar el capricho del día con el resto de la ropa. Por ejemplo, si tenía ganas de ponerse el pantalón azul de lino, no había problema porque casi todo pegaba con eso.

Pero si las ganas eran de color turquesa, y en remera de hilo, le llevaba cuarenta largos minutos encontrar el pantalón o pollera que combinara en estilo y color.

Los zapatos eran tema aparte. Las sandalias negras bajas no, porque el pie parecía una empanada envuelta en negro. Los zapatos, impensables. Eran demasiado cuadrados. Y las sandalias blancas estaban impresentables, llenas de tierra después de una excursión por el patio de la vecina, rastreando un maullido nocturno.

Una vez que estaba decidida, la ducha y el resto del arreglo matinal eran gastos horarios mínimos.

El trabajo le gustaba, aunque a veces, mientras se peinaba largamente en el baño, pensaba que estaba para más, y que se le estaba yendo la vida en ese puestito de morondanga.

Al mediodía casi siempre comía en el puestito de la cuadra. De pie, viendo cómo el mundo corría a su alrededor, se conformaba con una tarteleta de verduras o un pancho con más pan que salchicha.

Lo bueno de tener un empleo público es que a las tres, todo el mundo afuera. Sin grandes aspamentos, a las dos y media ya nadie se preocupaba por lo que quedaba pendiente para el otro día.

El sol está pesado. Brilla con fuerza, como si quisiera derretir las moles de cemento que lo desafían desde la Tierra. El asfalto vibra, ondula, y la gente flota creyendo que camina.

Hoy puede ser un gran día, diría el Nano. Si, pero ¡cómo cuesta!.¡Es tan parecido a todos los demás días del año!

El colectivo se demoró, como siempre, por una manifestación en el centro. Cuando llegó había una larga cola y el habitual mal humor en los compañeros de ruta, que subieron empujándola como si no la vieran.

Llegó al edificio agotada de sudor ajeno y modorra. Abrió la puerta con la llave general y el vestíbulo antiguo la recibió, fresco y oscuro. El ascensor no funcionaba desde hacía una semana. Igual, había un cartel que pedía que suban por las escaleras para ahorrar electricidad.”Crisis energética”. Y eso que el verano recién había empezado.

Al abrir la puerta de su departamento, pisó una hojita blanca con el detalle de la deuda de expensas y unos folletos de electrodomésticos tratando de venderle un aparato de aire acondicionado que de todas maneras debería tener apagado.

Cerró la puerta con el peso del cuerpo, tirando las llaves y la correspondencia en una mesita baja.

En la cocina se preparó un café, mientras, distraída, prendía el televisor. Las plantas le reclamaron agua en silencio. También en silencio, las regó.

Cayó pesadamente sobre la silla y miró a su alrededor. Los muebles eran los mismos de hace veinte años. Más, si consideraba los que había heredado de su mamá. ¡Si la viera ahora! ¡ella, que soñaba con una hija artista! Y bueno, una desilusión más.

Miró el reloj de la pared, que caminaba lentamente de un número al siguiente.

La tarde se desparramó en la ventana, indolente. Ella seguía allí, sorbiendo el café ya frío y ojeando la pared cada tanto.

A las ocho en punto se levantó, abrió el placard del pasillo y sacó algunas cosas. En el espejo del baño terminó de pintarse y para cuando sonó el teléfono, las botas blancas de caña alta, la micromini y el corset ya estaban listos sobre la cama.

(La bellísima imagen corresponde a un blog sinsentidokativa.blogspot.com, desaparecido)

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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