Las despedidas son muy tristes

Si hubieras podido verlo, te enamorabas, como yo, de las pinceladas brumosas del sol al despedirse. Que no se quería ir, yo lo sé, vos también. Remoloneaba tras los árboles de la ladera, reapareciendo unos momentos más allá.


Recorrió todo el cielo y sin embargo, tuve mucho frío. Es que no estabas para abrazarme.



La arena fina se quedaba entre mis dedos, y me hacía cosquillas delicadamente. El agua, seguro que vos te acordás, estaba tibia, acariciaba y mordía, acompañaba y flotaba conmigo una y otra vez.



No me cansé, ¿sabés? de nadar. Ni de pensarte, hundiéndome en el fondo y ondeando mi tristeza de domingo.



Cuando al fin el reloj le ganó la carrera al sol, fui caminando, despacio, por la orilla. El viento, cumplida su tarea, se había ido a reponer fuerzas hasta el otro día. Las gaviotas faltaron al encuentro, tal vez porque sabían que ya no estabas para verlas jugar en las nubes.


Llegué hasta el arroyo helado que baja de la montaña, y salté como una ovejita el curso irregular. Antes probé con el dedo gordo, ¡ pero estaba tan fría!



Me apoyé en las piedras grandes y observé cómo los visitantes diurnos juntaban sombrillas, pelotas y niños y se subían a los vehículos para volverse.



Yo no quería volver, claro, pero tampoco podía quedarme. Caminé de regreso por la arena mojada, estirando infinitamente el minuto final.



Levanté mis cosas del tronco donde algún día me besaste, y caminé hasta el auto, estacionado en el mismo lugar donde me dijiste adiós.



Miré los árboles caídos, testigos fatuos de las decenas, cientos de veces en que estuvimos. Aquí reíamos, nos abrazábamos y también nos amábamos bajo las estrellas. Aquí fue donde tejimos nuestro futuro con agujas de telaraña, y donde prometimos no abandonarnos jamás, pasara lo que pasase.



¡Ah, qué fácil es prometer cuando se ama! ¡qué dulce sonaban las palabras en tu boca!



Ahora, después de la última visita a nuestro lugar soñado, me subo al auto, maniobro para tomar el camino, y me pregunto si estarás cómodo en el baúl.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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