El camino recorrido

(Mr. Adenoz ha colaborado ampliamente para la concreción del presente relato! Casi diría que es co-autor, jeje!!) Gracias Ade, de corazón a corazón.

Lejos, en el centro, donde todo es desconocido, donde nada nuevo amanece bajo el sol, existe este pequeño pueblo, este lugar donde los árboles hablan de lluvias estivales mientras esperan el invierno, y las casas se inclinan bajo el influjo del viento norte.

Me contaron que sólo en este lugar hay una increíble sucesión de lunas llenas. Una marejada de luz blanca que de noche se ocupa de delinear montañas y ensanchar los valles.

El pueblo no tiene una dirección escrita en ningún mapa. Tampoco una ruta por la cual llegar. Sólo veinte casas reunidas en torno a un reloj, a una iglesia alta que todos los días a las siete, pone a cantar sus campanas.

En el correo comienzan a esa hora a timbrar las cartas, guardándolas una y otra vez en los casilleros. Los destinatarios son siempre los mismos, y los sobres tienen indefectiblemente, cientos de sellos, pero nadie los retira.

En la única calle, el viento duerme. Se agazapa tras los muros oscuros de los edificios y hasta las tres, sueña su siesta.

Por las noches sobre el pueblo se encienden las estrellas y la luz del cielo entra por las ventanas hasta iluminar las mesas, y los rostros a su alrededor, con leves tonos nostálgicos.

Nadie llega al pueblo y nadie sale de él. Es un pozo estanco, enclavado en las dunas como una liendre, peleando día a día por subsistir.

Una noche, en el pueblo nació un bebé. Fue un hecho histórico, porque hacía muchas decenas de años que no ocurría, mientras el pueblo se marchitaba como flores olvidadas sobre el placard.

La niña se llamó Clara.

Sus padres apenas si notaron que ella crecía, solitaria a la luz del sol, con el ritmo de los animales salvajes, comiendo un poquito aquí, un poquito allá.

Aprendió a caminar persiguiendo un pasto que rodaba. Pero nunca aprendió a hablar, porque nadie le decía nada.

El tiempo no se estancaba en los relojes. Seguía caminando sus pasos de anguila, llevándose los años de Clara junto con los minutos del resto.

En el almanaque Clara cumplió diecisiete años. Entre las casas abandonadas encontró un vestido y mientras se lo probaba, un ancestral espíritu de coquetería la hizo girar sobre sí misma y admirarse, como una muñeca, de frente al espejo de cuerpo entero que había en la habitación.

Dejó sus pantaloncitos deshilachados en la casa abandonada y la noche la abrazó, guardándola en sus pliegues.

Los días reunían las mismas rutinas: conseguir qué comer en alguna de las veinte casas del pueblo. Caminar por las intersecciones, viendo pasar el viento montado en patineta, soplando con intensidad.

No entender, sobre todo, no entender. Mirar por las ventanas pequeñas y que la luz de la luna le mostrara cuartos vacíos.

Pero esa noche, quizás imbuida de un nuevo espíritu, una luz extraña o tal vez su propia esencia de mujer, caminó con nuevo rumbo, hasta perderse en la inmensidad.

La ropa nueva la hacía sentir diferente, como si empezara a recordar después de mucho tiempo. A recordar otras vidas, o tal vez la vida de la dueña de ese vestido que la envolvía, danzando con ella mientras corrían por el bosque.

Nunca se había atrevido a tanto pero, sin saberlo, estaba recorriendo el camino de muchas otros antes que ella, pisando otras huellas donde ella hendía su planta desnuda.

Un imán irresistible la empujaba hacia adelante, dejando atrás el pueblo y las casas embebidas de luna.

Los árboles cerraban sus ramas detrás de sus pasos tímidos, y murmuraban hechizos rotos a sus espaldas.

Caminó hasta cansarse. Lo único que podía pensar era que pronto llegaría. No sabía dónde, ni para qué.

De pronto, el agua. Sus pies entraron en el barro de la orilla y se hundieron hasta los tobillos.

En el centro del lago, centelleante, la luna dibujaba un horizonte de piedra, una forma sinuosa y convincente, que la atraía con la fuerza de una epifanía.

El agua estaba fría, y sintió como de a poco se tragaba el vuelo de su vestido, llevándola hacia abajo, más frío, más abajo, y el peso de la tela mojada, más abajo, hasta que el agua la cubrió y ya no sintió más frío, ni al vestido, ni nada.

En el pueblo donde los árboles hablan de la lluvia, el equilibrio volvió a restablecerse.

Anuncios

Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
Esta entrada fue publicada en Historias & Cuentos. Guarda el enlace permanente.

Qué te pareció? Sí, claro que quiero saberlo!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s