Las noches de Ricardo Díaz ( I de III)

Se llamaba Ricardo Díaz y su rutina nunca había variado hasta la noche en que cumplió cuarenta años.
Si tuvo algún indicio de lo que iba a sucederle, no lo comentó con sus pocos amigos ni con Benicio, el dueño del bar que todas las tardes le servía la grapa en la barra lustrosa donde acodaba su modorra.

Las mañanas eran una sucesión de soles en el cielo donde, desde el encierro de su escritorio marrón, los veía pasar. O los imaginaba, porque las altas ventanas de la Biblioteca Martín Miguel de Güemes no dejaban pasar más que un resquicio de luz que terminaba durmiéndose en las cortinas ajadas.

Al mediodía el calor se instalaba en los escritorios con la fuerza de un tifón, y aplastaba los hombros de las personas hasta sepultarles el cuello.

Después del sándwich insulso masticado a las apuradas en la pequeña antesala del baño, volvía al escritorio solamente para atender más desconcertados buscando inútilmente fechas de nacimiento de próceres olvidados y flores autóctonas en los manuales ajados.

A las cuatro, todavía con el sabor del sandwich en la boca, como un recordatorio fútil de su magro almuerzo, cerraba las puertas de la sala con la reverencia de un guardián sagrado.

Ni las mascotas se atrevían a desafiar el sol impiadoso que azotaba las veredas de la calle a esa hora.

Ricardo Díaz se dirigía con paso cansino hasta el bar, acomodando el pie derecho delante del izquierdo con mesura.
El bar lo esperaba como un portal oscuro y fresco, listo para brindarle el refugio que necesitaba.

Las ocho de la noche llegaban al bar a buscarlo y Ricardo Díaz enfilaba su destino rumbo a su casa para dormirse una siesta eterna hasta el otro día a las seis.

Pero esa noche, la noche de su cuadragésimo cumpleaños, un parroquiano lo retuvo en el bar contando un cuento de aparecidos y luces extrañas. Se hicieron las diez en las cuadras que lo llevaron a su casa. Y cuando se acostó, sin sacarse siquiera los zapatos marrones llenos de tierra, vagamento intuyó que algo había cambiado.

Al otro día, la gente que llegó a la biblioteca, escuchó un silencio extraño, como de muerte, rondando los pasillos oscuros. Los libros parecían cuidar una noche eterna, bordeando los estantes con lomos oscuros.

En el escritorio de la Biblioteca, Ricardo Díaz dormía su pesadilla número uno.

… (continuará por el mismo baticanal, a la misma batihora)

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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