II Parte, El Sueño



El sueño era básicamente simple : él estaba durmiendo, se despertaba, limpiaba la casa como un poseso, y cuando terminaba de limpiar, caía desmayado en la cama con las botamangas de los pantalones salpicados de lavandina.

Era en ese momento cuando una, dos, veinte cucarachas salían de sus escondites y trepaban por los faldones de la cama hasta subírsele al pecho y morderlo con pequeñas pinzas feroces.



Lo peor es que Ricardo Díaz no podía despertar de lo que sabía era un sueño. Sentía el ruido voraz de las cucarachas trepando la cama con habilidad ancestral, ansiosas por caminar sus pantalones, su entrepierna y el pecho, donde anidaban, confiadas, en los bolsillos de su camisa.



Los chicos lo despertaron suavemente, meciéndole un hombro y llamándolo por su nombre.

No podía creer que se hubiera quedado dormido. Pensó que debía disminuír la cantidad de grapa en el bar, y trabajó lastimosamente hasta que el reloj de la tarde marcó el camino del regreso.



Dudó entre pasar al bar o seguir de largo, tratando de sacudirse la sensación de las mordeduras en las orejas, en los dedos flacos, en su nariz aquilina. Pero la costumbre pudo más, y se acomodó en el banco de siempre, con Benicio a su disposición para la primer grapa, y las que le siguieron.

Esa noche se hicieron las once, y Ricardo Díaz seguía en el bar, temeroso de regresar a su casa.

Cuando uno de los vecinos se levantó para pagar e irse, Ricardo Díaz lo imitó, pagando con dificultad y un poco mareado.



Al llegar a su casa le extrañó que la basura estuviera en el canasto, y que la cocina brillara con aroma a limón.

Pensó que seguramente la señora que limpiaba la casa había estado y se fue a acostar, agotado.



Durmió un sueño irregular, plagado de imágenes inconexas y sonidos desconocidos.



Al día siguiente, cuando fue a bañarse, notó que su ropa estaba lavada y planchada, el baño impecable, y en su rostro tenía siete marcas como mordidas de cucaracha, moradas y tumefactas.


….(falta menos)

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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