Por la ruta olvidada



Ayer fui a la Línea Sur. Para los que no viven en Río Negro, se denomina así a los pueblos alrededor de la Ruta Nacional 23, que de Ruta tiene el nombre, de nacional ni siquiera el cartel y veintitrés son las veces por segundo que puteás al director de Vialidad Nacional desde que salís hasta que volvés.



Antes que me atosigen a preguntas (¿?) preguntando por qué fui, les aclaro que estaba trabajando. La calle a veces está dura y hay que salir a la ruta.

Pasado este paréntesis, paso a la crónica de una satisfacción anunciada.



Estuve preparando todo hasta las 3 AM del jueves. A las seis y ocho minutos, estaba en la ruta. Eso me dejó más o menos dos horitas de sueño y todo el entusiasmo.



“El cruce de Bariloche a Pilca me recibe con un serruchito importante y me obliga a bajar la velocidad y el entusiasmo.

Es de noche, el sol amodorrado no quiere abandonar las antípodas y llegar hasta acá. No lo culpo. Donde él está hace calor y acá el termómetro no llega a los dos grados ni soplándolo.



Los primeros kilómetros son de descubrimiento. Así tengo que doblar, así agarrar el serrucho, cuidado con esa piedra que está suelta, mirá para los costados y cruzate de mano que allá está mejor.



Llegué a Pilca a las ocho de la mañana. Son ochenta kms. a un promedio que mejor no mencionar. Conocí a la gente de la Municipalidad, a la de la policía y del hospital. Gente de pueblo, con sus horarios, sus modos, su bondad flotando por delante como los brazos abiertos de un amigo querido.



Seguí viaje, feliz como perro con dos colas por manejar tanto, aunque el estado de la ruta me hiciera temer constantemente por mi bebé platinado, y fruncirme con cada piedrazo impactado en el chasis.



Tuve tiempo de pensar. De charlarme hasta convencerme, haciéndome de abogado del diablo. De repasar una y otra vez si lo que decidí, fue lo mejor.


Pasé por Comallo, por Maquinchao, por Jacobacci. Ya vendrán relatos de la gente a la que conocí.



Cada vez que me bajaba del auto, me acomodaba la pollera y el pelo sabiendo que cuando subiera, tendría que sacudirles de encima las miradas de los pueblerinos que me observaban como a un bicho raro. No los culpo, soy un bicho raro. Imagínense ustedes. Un lugar perdido de la mano de Dios ( aunque no creo que haya un lugar donde se esté más cerca de su obra que en la Línea Sur). Un auto del todo inadecuado para las rutas de ripio ( un Fiat Uno 5 puertas, mimado hasta la indecencia). Una petisa creída, con ritmo de ciudad, tratando de hacer en diez minutos algo que lleva sus dos horitas.


Manejé veinte horas. Amanecí a las seis, volví a las 2 AM del día siguiente. No paré ni a almorzar. Me tomé un mate a las apuradas mientras me cargaban combustible en Maquinchao…


…y sin embargo…


…la gratitud de la gente cuando les entregaba los envíos

…las caras de los chicos al verme pasar ( “y vos, ¿ quién sos?” me preguntó una nena en Maquinchao )

…los saludos de los conductores que me cruzaban en la ruta

…la mano abierta y la actitud sincera


…era justo justo lo que esperaba encontrar.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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