Reflejo de ayer, La decisión, (Parte III)



Julián abandonó, provisoriamente, la visita a los museos. Elegía quedarse largos minutos frente a sus fotos, recreando colecciones enteras de objetos en su monoambiente.



Probó, eso sí, de recorrer la ciudad sacándole fotos a los árboles del parque, a las niñeras paseando bebés y hasta los perros callejeros que se prestaban a modelar por el módico precio de un pedacito de sandwich.



En ninguna foto había reflejos, ni manchas, ni luces.



La oficina estaba acostumbrada a su rutina casi autista, y no lo molestaban cuando estaba ensimismado en su pc.



Claro que las cosas no podían seguir así. Tenía que elegir entre esconderse en su departamento, o hacerle frente a lo que fuera que estuviera pasando.



De internet bajó información que le pareció relevante. Consultó a unos conocidos que tenían una casa de fotos y hasta recurrió al psicólogo de la empresa.

Todos coincidieron en que era un fenómeno extraño, pero algunos dudaron de su veracidad y lo miraron con gesto impasible, esperando la confesión voluntaria. Pero no la hubo, porque él mismo creía estar volviéndose loco.



Ese domingo, el departamento estaba oscuro con las persianas bajas al calor del verano. El shis-shas de las paletas del ventilador eran el único sonido que lo acompañaba.



Se sentó en una silla mirando hacia la pared, desde donde los museos recorridos se veían con luces oblicuas.

En la mesa, la comida se enfriaba y dos o tres moscas persistentes se posaban en ella.



Fue hasta el dormitorio, se acostó, prendió la TV, la apagó, trató de dormir. Su sueño intermitente lo levantó agotado, con la boca seca y el corazón galopando. No recordaba mucho del sueño, pero sí que corría por su vida, con algo o alguien persiguiéndolo.



En el baño se lavó la cara con cuidado, se secó despacio y decidió enfrentar otra visita a un museo.

Una vez tomada la decisión, salió presuroso del baño, buscó en la cocina el diario y por fin lo encontró al costado del televisor.

Revisó la guía cultural, buscando las muestras cercanas a su departamento.



Descolgó su cámara del perchero, las llaves y sus documentos y salió.


Nunca más volvió.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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