Julián encuentra la respuesta ( Final de finales)



Ese domingo lo marcó la obsesión. Nada de observar los patos del parque, ni las jóvenes madres paseando a sus criaturas en primorosos changuitos.


Eligió de la lista cuatro presentaciones diferentes en un museo del barrio próximo al suyo.

Abrió la puerta del museo con un ímpetu que sobresaltó al ordenanza que barría cansinamente el hall de entrada.

Según el diario, a la derecha comenzaba la primer sala de la exposición dedicada a los inicios de la televisión en el país. Se sucedieron fotos en blanco y negro de los pioneros en desarrollarlo, los extraños aparatos en desuso, las vitrinas con pequeños transistores y circuitos integrados.

En cada objeto detenía su marcha y calculaba ángulos y luces y presencia o ausencia de la gente que visitaba la muestra como él.



La segunda sala reunía una colección de rocas extrañas. Las había semipreciosas, engarzadas, puras, con brillos intensos y con vetas ocultas. Decenas de fotos en la máquina se sumaron a las anteriores.

La gente comenzaba a mirarlo con curiosidad. Se movía con una febril intensidad en los gestos, como quien se dirige inexorablemente a un destino demoníaco.

La tercer sala estaba colmada de gente. El anuncio describía someramente restos de una civilización perdida y casi desconocida para el mundo profano. Eligió seguir de largo, sintió que no debía detenerse.



La cuarta muestra estaba apartada de las demás, y un silencio áureo la rodeaba. No había nadie en la puerta ni en los corredores.

El rechinar de los zapatos en el piso encerado era el único sonido que lo acompañaba. Entró despacio, sin soltar la cámara, firmemente colgando de su muñeca por una correíta gris.

La muestra se denominaba “Espejos del mundo” y los había con marco tallado, de cuerpo entero y con formas extrañas. En un rincón descansaba uno con armazón de pie, y a su derecha, algunos de mano con antiguos grabados en el mango.


El siguiente visitante que entró a la sala, sacó una foto del imponente espejo de pie.

Cuál no sería su sorpresa al ver en la pantalla no su reflejo, sino el de otra persona en la luna del espejo, un hombre con una máquina de fotos colgando flojamente del brazo.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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