Despedidas

Miró el piso, los vidrios diseminados en minúsculas partículas opacas. Estaban sobre el banco, en la mesa, en las esquinas de la cocina oscura. Después miró sus piernas y notó el dolor, los infinitos puntos donde los vidrios habían encontrado su objetivo. Y la sangre, corriendo desde la mitad de los muslos hasta los tobillos, mezclándose con los pedazos iridisados sobre el piso.

Levantó las manos en un gesto de impotencia que la dejó paralizada. No supo por dónde empezar. Todavía resonaba en el aire el sonido de la explosión, los oídos tapados y zumbando.

La ventana dejaba entrar el viento helado que soplaba, furioso, afuera. Y la puerta colgaba de las bisagras, torcida, como un brazo inútil sobre la boca abierta de la casa.

Miró las paredes y le pareció que estaban como desenfocadas, corridas de su lugar habitual. De a poco fue creciendo en sus entrañas un grito, una oleada oscura y viscosa que la completó, la superó, la incendió y explotó en su garganta con un ronquido primitivo.

Todo a su alrededor estaba roto, o colgando, o en el piso. De la olla sobre la hornalla sobresalía un trozo de mampostería y sobre la mesada descansaba un extremo del barral de la cortina. El aire se enfrió de a poco, buscando los resquicios para instalarse.

Movió de a poco los pies, tratando de no pisar tantos vidrios en el campo minado que era el piso. En el baño el estropicio era menor, pero aún así los espejos estaban quebrados y la ventana se había deshecho del vidrio sin ningún pudor.

Buscó, temblando, el alcohol y algodón. Limpió sus piernas de la sangre sólo para darse cuenta que eran rasguños superficiales, y algunos que otros un poco más profundos. Se cortó las manos tratando de levantar los restos del espejo de pie y decidió dejarlo donde estaba.

No podía salir del baño. No se animaba a ver de nuevo el espectáculo dantesco de la destrucción de todo lo que conocía y amaba, de su hogar.

Bajó la tapa del inodoro y se sentó sobre ella, llorando su miedo, el susto y la angustia.

De a poco el llanto se convirtió en un quejido bajo, susurrante. Rodeándose con los brazos trató de incorporarse despacio. Había que pensar en qué hacer al siguiente momento.

Abrió la puerta de a poco, deseando que todo estuviera mágicamente en su lugar, y sin embargo…y sin embargo…sabía que estaba todo por hacer.

Caminó hasta la habitación de huéspedes y buscó una caja resistente. Se puso guantes y comenzó a juntar los vidrios con el escobillón. De a poco fue apareciendo el piso bajo los vidrios. De a poco, cada uno de los eslabones que formaban su carácter se volvieron a anudar. Y de a poco, empezó a reconstruírse como tantas veces antes.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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