Los sueños de los que no despertamos

El problema no existe más que en su mente. Si estira el dedo meñique no toca las frías rejas negras. No la rodean los muros grises ni ese ruido pertenece a un roedor expectante de que ella por fin se quede dormida.

No existe el sonido sibilante de las puertas corredizas abriéndose y cerrándose detrás de los guardias, ni los tres pasos que la separan del otro camastro.

Tampoco es verdad que la ventana esté tapada por un enrejadito minúsculo que no deja pasar la luz ni el sol.

Es mentira que está presa. Simplemente es una ilusión óptica, un sueño del que pronto despertará, como siempre, sobresaltada.

Mientras tanto, y como un escarabajo sagrado, el roedor se aventura a salir del agujero en el piso y la mira, desafiante, en el medio de los escasos dos metros que la separan de la reja. Se recuerda que es mentira, que no existe el movimiento para espantarla y mucho menos que la rata la mire desafiante con los ojitos móviles y brillosos.

Termina replegándose sobre un pie y sobre el otro, mientras detrás de esa rata que la mira desafiante, husmeando el aire con el hocico hacia la derecha y hacia la izquierda, aparece otra, que no se contenta con mirar, sino que avanza hacia ella.

Se pellizca el brazo y boquea buscando aire para poder despertarse de esa pesadilla tan recurrente y sin embargo, tan real.

El olor viene primero, o tal vez el ruidito de decenas de patitas en el cemento. Juntos le formaron en la mente la imagen de muchas, muchísimas más.

Se sube al camastro y busca un arma, algo contundente con lo cual defenderse. Ni se le ocurre gritar. Instintivamente sabe que es la manera en que la prisión mantiene el cupo limitado de internas.

Sobre la cama descansa una almohada flaca y una biblia. La toma por el lomo rezando para despertarse, para de una vez por todas dejar de soñar estos sonidos espeluznantes y con olor a basurero y mugre.

No se despertó, no se pudo despertar.

Al día siguiente, los forenses se preguntarían cómo en la Villa veraniega de la Familia Riccardi había aparecido la dueña de casa muerta en su dormitorio, con evidentes muestras de mordidas de rata en su cuerpo.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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