El hombre indefinido

El hombre desde el principio de los tiempos ha buscado las respuestas a los interrogantes naturales. De dónde venimos, quiénes y qué somos. De qué estamos hechos, porqué soñamos.

A lo largo de la historia grandes pensadores y filósofos han intentado definir con palabras aquello que, por inasible, les quitaba el sueño.

Personalmente considero que es casi imposible definir al hombre con precisión. La dimensión exacta de las capacidades y debilidades del ser humano son tan inasequibles como la humedad del rocío.


Sin embargo intentamos dotar de características comunes a la raza humana, que fluctúa y se reinventa una y otra vez. Fuimos caníbales, nómades, soldados, madres, genocidas, científicos, pobres, sacrificados, esclavos,libres. ¿Cómo circunscribir en una definición un rango tan grande de posibilidades? Casi imposible sin caer en generalizaciones injustas.

El hombre es una unidad, sí, pero de partes infinitamente independientes que interactúan con el medio y crean seres únicos e irrepetibles. Tiene aspectos físicos, psicológicos, religiosos, sociales. Cada uno de ellos lo define desde un ángulo limitado: el de los sentidos. Podemos percibir al hombre solamente a través de los sentidos. Y ello nos circunscribe al mundo de las percepciones.

¿Sabemos en realidad las razones por las que un determinado miembro de la especie humana elige lastimar a otro? Podemos rastrear en su pasado las posibles causas de su elección. Pero cómo saber si no hay, detrás de las causas aparentes, otras más profundas, menos urgentes pero las que realmente lograron movilizarlo.

Cómo definir con una palabra abstracta la voluntad de una mujer de tener un hijo. En qué diccionario buscar la generalización de cómo respira un amante en los brazos de su amado.


En varios momentos de nuestras vidas tenemos una vaga noción o una vergonzosa certeza de los rasgos de nuestra personalidad que no son aceptados en la sociedad en la que vivimos. En nuestra búsqueda de aceptación, tratamos de parecernos a la media. Desde pequeños nuestra mayor aspiración es convertirnos en mediocres, ser aceptados, sentir que pertenecemos al medio donde crecimos y nos desarrollamos.

Sin embargo, a la hora de decidir cómo ser, las individualidades son más interesantes que las generalidades. La masa de personas que eligen consciente o inconscientemente no trazar su propio rumbo me producen un irrefrenable desprecio. Desaprovechan su vida escudándose en victimismos estériles para no cambiar lo que sea que les moleste o les esté haciendo daño.

El hombre como una unidad de características propias, posee en sí mismo todas las herramientas que necesita para construír su espacio, que será diferente de todos los demás espacios, y de todas las demás construcciones.

Por eso tenemos tantos ejemplos de personas con capacidades diferentes que logran un desarrollo armónico de su persona, apoyándose en el coraje de creerse capaces de todo… porque lo son. No porque tengan características superiores que suplanten la ausencia de otras facilidades, sino porque ostentan, por sobre todas las cosas, el valor de hacerle frente a las adversidades y de encontrar la forma de valerse por sus propios medios.

Definiría al hombre como el único ser capaz de reinventarse cada vez que despierta, de iniciar gestas maquiavélicas y de crear belleza con una palabra, con un pincel o un instrumento musical. Es un complejo conjunto de aptitudes, necesidades, habilidades, pensamientos, acciones, recuerdos, sentimientos, historia y miedos.

La escencia del hombre, para nuestro margen de conocimientos, sigue siendo un gran interrogante.


Recuerdo que siendo pequeña mi papá me llevó al Registro Civil, donde me tomaron las huellas digitales y me ensuciaron los dedos con una tinta pegajosa y difícil de sacar. Como nunca abandoné la edad de los porqués, pregunté para qué servía esa marca en un papel con cientos de líneas irregulares diferentes. Mi papá me explicó para qué servía el sistema de huellas digitales y me dijo también que todos los seres humanos tenemos huellas diferentes, hasta los gemelos idénticos. Como me lleva mucho tiempo asimilar información, estuve largo rato en silencio.


Su respuesta significaba que nadie, en todo el Planeta Tierra, tenía las mismas marcas en las manos que yo. Que los juegos de diseños de líneas y espacios era infinito. Que yo era única. Que cada uno de nosotros es único. Que las mañanas de ese otro que se despierta cuando me yo me estoy levantando, está regida por las vivencias de su entorno, por su historia, su familia y su cultura. Pero que si lo transplantaran a mi lugar, en el mismo entorno, historia, familia y cultura, sería no obstante diferente.

Sentí en ese momento un peso enorme sobre mis hombros. Significaba que solamente yo podía realizar lo que tenía que realizar, que nadie podría tomar mi lugar y hacerlo por mí. Que no podía bajarme y renunciar. Lo que fuera que estuviera designado para mi camino, sólo yo podía llevarlo a cabo.

Con el tiempo entendí que los otros y la sociedad que conforman son el agua de mi mar, y que debía aprender a nadar entre ellos para lograr lo que quería. En el camino me he cruzado con otros peces que nadan ciegos, chocándose con las circunstancias como si no tuvieran las herramientas para evitarlos.
He logrado que mi propio espacio en este mar esté lleno de las cosas que me brindan seguridad, amor, confianza. De otros peces que sonríen cuando me ven llegar. Y en la continua búsqueda de respuestas, soy tan afortunada que puedo volver a buscarlas una y otra vez hasta hallar un eco en este, mi pequeñísimo océano.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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