Un Vikingo en Molde

El vuelo en SAS, a esta altura del viaje, me despertaba tanta expectativa como el apareamiento de la tortuga de Galápagos una noche de verano. Subí sin otro objetivo que recostar el asiento y tratar de dormir. Fácil, excepto por el hecho de que los asientos son rígidos, así como los apoyabrazos. Un pequeño error de cálculo.

Hice lo que pude y traté de despertarme lo suficiente como para aceptar el té que la amable azafata me ofrecía, sacudirme un poco la modorra, acomodar los setecientos kilos de cosas en la mochila y bajar. Para cuando terminé, ya estaban limpiando el avión para el próximo viaje!
No había manga que me recibiera. Me pregunté si tenía que caminar o vendrían a buscarme en alguna clase de limousina…creo que TAM me malcrió demasiado!

Pisé tierrita noruega, o mejor dicho, asfalto noruego, mirando para todos lados como pueblerina recién llegada a Buenos Aires.
Hacía calor, considerando que eran las doce de la ¿noche?…claro, no existe la oscuridad estos meses del año.

Se me ocurrió mirar hacia la terminal y lo ví, sonriéndome tras el vidrio. Dos metros de huesos flacos me esperaban al final de tremendo viaje. Estaba tan feliz que largué todo para ir a abrazarlo. Casi lo tiro al piso, pobrecito. Menos mal que tenía una pared cerca para recuperar el equilibrio.
Subimos el equipaje al auto mientras yo trataba de bajar los decibeles de mi entusiasmo para no dejarlo sordo, o peor, que me pusiera en el próximo avión de regreso.

Demás está decir que dormí como un angelito y más horas de las que estoy dispuesta a confesar.

Ayer fuimos a Kristiansund. Por lo que he visto hasta ahora, Noruega está lleno de casitas desperdigadas por la campiña como caramelos que han caído de una piñata.

Por el camino pasamos por la famosa Atlantic Road, y tomamos el ferry.

En el puerto de Kristiansund solía haber tantos botes que se podía cruzar de lado a lado sólo saltando de bote en bote. Ahora el canal está ocupado por grandes barcos y de vez en cuando, uno que otro trasatlántico.

En aquellos tiempos las mujeres solían secar el pescado al sol, dándolo vuelta muchas veces durante el día para que se reseque parejo. Hay una estatua que recuerda esa tarea.

En las laderas de Kristiansund hay bunkers de la segunda guerra mundial, y el centro de la ciudad fue reconstruído por completo después del ’45.

Hay una leyenda sobre una de las pocas casas que perduró. Dicen que perteneció a un hombre que hizo su fortuna vendiendo pescado congelado. Mientras trabajaba en el mar, este hombre se vio en la posición de salvarle la vida a un sami, un chamán en su tribu. Este quedó tan agradecido que bendijo la casa de su salvador.

Durante la Guerra, toda la zona fue desvastada, menos su casa. Por supuesto que esto podría ser considerado una casualidad, pero años más tarde, los bomberos del lugar necesitaban una casa para demoler y quemar y hacer los ejercicios de salvamento.

Adivinen qué: no lograron incendiar la bendita casa.

¿Dónde habrá otro sami para salvar, digo yo?

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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