De compras en el súper de Norueguelandia.


Convengamos que no soy como la mayoría de la gente. No sólo por mi vegetarianismo feroz, sino porque me alucinan las cosas más extrañas como las semillas de zapallo y no me gustan cosas elementales como la mostaza, o la salsa de tomate.


Si a eso le agregamos que tengo que traducir del español al inglés lo que quiero, para hacerme entender por el vikingo y que éste encuentre a su vez el equivalente en norueganés, hacer las compras nos lleva sus buenas dos horitas y fracción.


Estamos en una comuna rural donde los mercados tienen de todo pero siguen siendo mercados de barrio, con una sola cajera que sólo de vez en cuando dicen algo más que hola.



Los carritos funcionan con monedas. Algo así como la prostitución del changuito. Le ponés la moneda, y anda. No le ponés la moneda y de la puerta no los arrancás ni a los empujones.



Tenés una sola entrada, angostita como para que las caderonas como yo quedemos atascados ya en la entrada, cosa de no molestar entre las góndolas.



Una vez que resolviste el problemita del changuito y de la entrada, te queda decidir qué corredor atacar primero. La lógica de la mosca indica la derecha por ejemplo, pero inevitablemente me siento inclinada hacia el stand de las frutas y verduras, por lo que el itinerario se ve interrumpido una y otra vez por idas y vueltas y repasadas por las dudas.



Lo más importante no es la lista de compras, sino descifrar qué corno hay bajo todo ese plástico de colores brillantes.



En las góndolas de las mantecas hay unos potecitos re mononos que tienen “Ensalada Italiana”, una mezcla de mayonesa con zanahoria rallada y no sé que más que estos pálidos engullen al desayuno como si nada. También hay otras variedades, tan indescifrables desde afuera como el código de Hammurabi.



Lo más importante en una cocina noruega es la tijera. Todo, absolutamente todo, está empaquetado. Desde los morrones hasta las zanahorias, el sachet de mayonesa en cajita, y las especias, en frasquito de vidrio selladas por supuesto con plástico.



Tal vez así no hubiera comprado, por ejemplo, jabón para las manos en vez de crema humectante, ú orégano en vez de perejil.



Todos los mercados tienen expendedores de caramelos. Uno se sirve con unas cucharitas de lo más mononas y se va re contento con sus caramelos bajo el brazo.



No existen las facturas, ni las panaderías donde comprarlas. Hacen unos muffins maravillosos y grandotes, con chips de chocolate y sin chips de chocolate, con frutas y sin frutas, pero todos básicamente iguales.

En uno de los mercados junto al pan había mediaslunas, que aquí se llaman croissants y no los compran mucho. Claro, no se van a la orilla del mar a tomar mate con facturas!



En una bolsita que distinguí un dibujito de canela había unos rollitos que no supe hasta que no los mordí si eran salados o dulces.Estaban más buenos que el dulce de leche hecho con leche condensada Nestlé, que, a propósito, todavía no encontré .


Lo más lindo de la cocina es, por supuesto, el lavaplatos. Es alimentado regularmente con todo lo que anda dando vueltas y puesto en funcionamiento apretando un botón mágico que borra de un plumazo todas las preocupaciones lozísticas y los restos de comida también.



Todas las casas separan la basura. Tienen tres inmensos recolectores de basura afuera, uno para papel, otro para plástico y otro para orgánico. Son retirados según un calendario preestablecido como si fuera el tributo al Sacerdote de la Basura.



Las latas y botellas hay que llevarlas de nuevo a la tienda, y ellos se encargan de reciclarlas.

No se engañen, no es fácil. Especialmente para una sudaca acostumbrada a separar sólo lo orgánico de lo inorgánico. Pero una vez que le agarrás el “tranquillo” sale con fritas.



Lo lindo de los carritos es que tienen rueditas. Y la calle tiene pendiente.

…¿servirán de roller-skate?

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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