Las microcriaturas

La playa es un lugar extraño. La primera vez que fui no vi nada raro. Me cautivó, sí, el rumor suave del agua que acaricia la playa y se despide con un susurro dulce y nítido.

La segunda vez que bajé a la playa llovía. El agua saturaba los espacios empapándolo todo de olor a mar. Nada se movía y a la vez, todo el lugar latía con un ritmo propio y tranquilo.

Ayer hizo calor. Me aprovisioné de toalla, lectura y protector solar y bajé a la playa otra vez.

Esta vez ví. Me limité a observar, tratando de no perturbar el delicado equilibrio que la naturaleza logró allí.

Para extender la toalla, corrí con el pie las algas que la marea había dejado sobre la arena, como amantes despechadas, esperando que vuelva a subir.
Cientos de pequeños animalitos huyeron despavoridos, saltando como grillos y buscando la protección en la arena caliente.

Una de ellos iba más lento que los demás : era una pequeña arañita negra y blanca, como si todo su cuerpo fuera el interruptor de una lámpara colgada detrás.
Caminaba vacilante, como si no supiera bien dónde ir. Pensé que tal vez habría un bar en el montoncito de algas, donde acostumbraban juntarse las arañitas de su clase a festejar algún partido de fútbol submarino.

Un poco más tarde caminé por el agua, que por supuesto estaba muy fría. Cerca del muelle las algas son las encargadas de ocultar la vida acuática a los bípedos curiosos. Ondulan y danzan al ritmo de una música que sólo escuchan ellas. Si miramos con atención, tal vez divisemos a medio camino entre el fondo y la superficie, ciertos movimientos más oscuros, algunas ondas que no siguen el ritmo de las algas, que tienen un motor propio y circular, un destino predeterminado y sin embargo errático.
Son las pequeñas criaturas que están creciendo para convertirse en peces de variadas formas y tamaños. Como en un jardín de infantes, se mantienen todos unidos y responden a un patrón sólo conocido por ellos, donde los peces de los costados mantienen a la troupe junta, y los líderes deciden por dónde circular.

Generalmente los más grandes van primero, y todos los pequeñitos corren detrás como si buscaran llamar la atención de sus hermanos mayores.

Nunca me sentí tan observada en mi vida. Estaba tan quieta mirándolos, que de pronto ellos perdieron el miedo y se acercaron. Estaban tan cerca que casi me rozaban. Me rodearon, mirándome con sus ojos redondos y analizándome mejor que los scanners de la policía aeroportuaria.

Cometí el error de moverme y todos se dispersaron para juntarse apresuradamente en el próximo banco de algas. Volví a quedarme quieta y de a grupitos de cinco o seis se acercaron y me observaron como si yo fuera un animalito en un zoológico.

Todo el tiempo que estuve en el agua, me acompañaron los que bauticé peces-tigre. Más grandes que las mojarritas que me rodeaban, estos pequeños peces tenían diseños de manchas marrones y beiges sobre sus cuerpos, y se movían cerca de la arena.
Ellos también me observaban, pero de costado, disimulando. Frenaban su movimeinto lo suficiente para quedarse a mi lado, abriendo sus bocas y respirando con envidiable facilidad.
Todo el tiempo que estuve en el agua, uno o dos de ellos me acompañaron.

Mientras buscaba pequeños caracoles, un movimiento me llamó la atención. De un caracol salían muchas patitas que corrían sobre las piedras del fondo con una rapidez inusitada. Lo levanté a tiempo de ver una especie de cangrejito guardarse dentro del caracol, dejando afuera sólo las patitas. Después de un momento se animó a salir, sólo para volver a guardarse rápidamente. Supongo que se asustó mucho, pobrecito.
Lo dejé en el mismo lugar y seguí buscando caracoles deshabitados de bicho-caracol y de veraneantes con pinzas.

Un susto : el agua está llena de algas, pero generalmente están en grupos y son fácilmente identificables y “escabullibles”. Mientras miraba dormitar a un cangrejo enorme, con sus pinzas en reposo y el cuerpo exhánime, sentí un roce en los dedos de los pies muy suave, como de una planta jugando a hacerme cosquillitas. Miré hacia abajo al tiempo que sacudía un poco los dedos para liberarlos . No era una planta. Era una especie de serpiente, o un pez alargado y negro como la noche, moviéndose sobre mis dedos tal vez buscando un refugio o investigándome a su vez.

Empecé a saltar en el agua como si tuviera resortes. Parecía el Chapulín Colorado diciendo “ No contaban con mi astucia!”
Lo-que-sea-que-fuera salió ondeando a una velocidad increíble y me pregunté cuántas horas de terapia iba a necesitar superar su encuentro conmigo.

Salí del agua, junté mis cosas y volví a casa. Conmigo me llevaba las imágenes de todo un microuniverso, robadas en mi retina una tarde de verano.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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