La ciudad sumergida







Estoy en el tren, mirando por la ventana cómo Venecia queda atrás. Toda mi vida quise conocerla, quizás por esa magia que tiene de vivir sumergida en el mar Adriático, como una moderna Atlantis del siglo XXI.


Sería ocioso contarles los monumentos, las esculturas, las pinturas que pasaron por mis deleitados ojos, porque son incontables e igual de difíciles de describir.


Sólo puedo hablar de sensaciones, de lo que me llevo en el alma como una marca más en el itinerario de maravillas, de magia encriptadas en fotos y palabras.


Venecia parece estancada en el tiempo y en el espacio. Los canales han estado ahí cuando Leonardo Da Vinci dibujaba, las callecitas estrechas albergando generaciones de marineros comerciantes desde tiempos inmemoriales.



Es raro esto de caminar por el borde del agua y sentir cómo late la ciudad bajo los pies, ruidosa, única, contrastante.



Amé los puentes, siempre y cuando no estuviera con el equipaje, verdadero dolor de cabeza a la hora de subir y bajar las escaleras de los puentecitos.



Odié los carteles que tapizaban la ciudad. Exposiciones, restauraciones, publicidades de nuevos lugares tapizaban los frentes con banners de tamaños exagerados. Bienvenida a Italia, donde nada es medido.


Caminé horas enteras, buscando lugares que no encontré sino por casualidad. Después de un tiempo sólo me dejaba llevar por la intuición, y cuando quería volver al hotel retomaba el mapa para encontrarme.



Los mapas venecianos tienen la mala constumbre de no coincidir con la realidad, pero eso es un detalle sin importancia, porque cada recodo del camino está lleno de lugares a descubrir. Algunas iglesias permanecen cerradas y en otras no te dejan entrar si tenés los hombros descubiertos.



Cada columna, pared, entrada está ornamentado, y los cuadros no son reproducciones, son originales. Alguien, hace 1500 ó 1600 años, se paró frente a este lienzo durante horas enteras para lograr esa luz y esos colores.



Venecia ha sido la cuna del comercio desde tiempos inmemoriales, y en sus callecitas estrechas continúa esa tradición con las mejores marcas y las firmas más destacadas, así como también los vendedores ambulantes y las tiendas de souvenirs, conviviendo con absoluto desparpajo en el escaso espacio disponible.


Es famosa por sus góndolas, por el cristal de una pequeña isla llamada Murano, por los encajes de una delicadeza absoluta, y por su bellísima Plaza San Marco.



Lo que no se conoce es ese sonido particular de la ciudad llena de turistas, una moderna Torre de Babel donde se entremezclan los sonidos en una melodía ininterrumpida.


Hasta la próxima visita, Venecia. Un pedacito de mi corazón se queda en tus intrincadas realidades

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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