Lazos trenzados con hilos de plata



Me pregunto si mi abuela Valentina habrá mirado su imagen en el espejo mientras cepillaba su larga cabellera negra como la profundidad del mar. Si habrá encontrado, a sus 38, dos o tres hebras plateadas y las habrá mirado como yo miro hoy las mías…sintiendo que las gané, que son mías y son parte de mi pasado y de mi hoy como las uñas o los dedos de los pies.


Tal vez ella tardó en descubrirlas porque peinarse no era una prioridad en su vida, y lo hacía de memoria y sin demora con un peine cualquiera. O tal vez reservaba diez largos minutos por la noche para desenredar la maraña diaria y sentirse hermosa y única .



La imagino atareada con su casa, con la compras y la economía. La imagino viva, después de tantos años.


Desenrollo el hilo de mi destino con cuidado. No me quiero perder ni una vueltita. Por eso elijo con tanto cuidado dónde voltear la mirada y dónde esconder la sonrisa para volver a encontrarla. Ella es parte de ese libro inmenso que es mi pasado. Las raíces a las que pertenezco y las que me sujetan para crecer.


Forma parte de mi y a veces creo ver su mirada en mis ojos oscuros. Cuando era una escolar más entre otros guardapolvos blancos, me avergonzaba de llevar un nombre tan anacrónico. Cuando crecí me di cuenta que no era casualidad, que su legado estaba impregnado en mi escencia como el color de piel en verano o el gusto por el chocolate.


A veces la siento tan cerca que le cuento lo que me pasa y ella me regala una de sus miradas comprensivas y me toma de la mano. Es todo lo que necesito para saber que comparte mis miedos y me sostiene mientras de todas maneras, avanzo.


Traté de buscarla en la maraña de la burocracia chilena como se busca una aguja en un pajar. A ciegas, tanteando para no caer.

Sin respuesta. Demasiado poca información. Sin otros datos, no podemos ayudarla. Respuestas sin corazón, sin emoción ni sustento. No es su abuela, lo entiendo. Pero es la mía y me cuesta aceptar que tal vez no sepa nunca qué le pasó, si vive, si alguna vez quiso encontrarnos y no pudo, si todavía formamos parte de una cuenta pendiente que le gustaría saldar.


Por ahora sé que me acompaña y que en mi cuarto secreto me espera cuando tengo todo para perder y nada para ganar. Está siempre sentada en el mismo lugar, bajo un árbol al costado del río, tejiendo con sus manos hábiles una mantilla que nunca veré terminada.

Sé que al menos ahí puedo encontrarla, a salvo de todas las realidades, custodiada por el resto de mis preciados recuerdos.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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