En Noruega, pero made in Patagonia

Miro hacia afuera por la ventana del living y los colores se despliegan ante mi con un frenesí de rosas, azules y lilas esparcidos en el cielo, en el agua y en el aire. La Ruta del Atlántico atraviesa el fiordo y los barcos dejan su estela platinada entre islote e islote.
Estoy en Noruega. Escrito suena un poco más real. Todavía me despierto por la noche desde la profundidad de las pesadillas donde todavía estoy en Argentina y algo me impide venir.
Cambié mi rutina de trabajo-estudio por ama-de-casa-compañera-todo-lo-que-se-me-ocurra-hacer. De repente soy la dueña de mis horas, salvo las que le dedico a mantener un contacto con mi gente y mi oficina. Es la primera vez en mi vida que no tengo preocupaciones. Mejor dicho: Que ya no estoy sola para afrontarlas. Que basta que exprese en voz alta una tontería para que este vikingo alto y esquelético lo tome en cuenta y busque la forma de conseguirlo. Que no importa cuánto lo saque de sus casillas, se toma el tiempo para hablar hasta que resolvemos nuestras diferencias.

El comienzo de este camino tiene muchas palabras. Mucho tiempo donde el teclado de una computadora y la conexión a Internet fueron los intermediarios de este sitio que construímos entre los dos.
Años donde hubo meses sin hablarnos y de repente a comienzos del año pasado, las conversaciones se hicieron diarias. Un proyecto conjunto nos empujó como alumnos renuentes dentro del aula. De a poco fuimos necesitando ese contacto diario, aunque ya no hablábamos tanto del proyecto sino de nosotros. De lo que queríamos, de lo que no, de los dolores diarios y de los del alma.

Conocernos en vivo y en directo fue una decisión difícil. Las alternativas eran muchas. Si viajaba yo a Noruega y me gustaba tanto como me gustó, significaba dejar toda mi vida y comenzar de cero en un lugar donde aún no sé el idioma, lejos de mi gente y de todo lo que conocía.

La montaña de mis miedos era tan grande como la cordillera de los Andes completa. Ida y vuelta la Ruta 40 en un Fiat 600. La muralla China.
Pensé tantas cosas mientras nadaba que la pileta quedaba hirviendo de emociones. Y vine en Julio. Conocí, me enamoré, no quise volver a Argentina. Volví, acomodé mis cosas y me mudé a Noruega en enero.

Este miércoles 20 a nariz en los libros y quedando bizca frente a la computadora. Creo que nunca voy a poder quedarme quieta. Pero este impasse me carga las energías para lo que viene, para nuevos desafíos y otros horizontes, sólo que esta vez serán al norte del planeta, y de la mano de un flaco y barbudo vikingo.

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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