Happy pride y los distintos tipos de amor

Imagen de twt  24. jun.

Mañana habrán desfiles en distintos lugares del planeta, celebrando la diversidad en los países donde está permitido y dando aliento a aquellos que sufren persecusión, violencia y muerte en países que insisten en mantenerse en el Medioevo.

Sería raro que yo, precursora de la libertad de acción y pensamiento, no apoyara que dos personas cualquiera decidan enamorarse sin que el género les dictamine si es correcto o no.

Pasa algo raro en la sociedad cuando se habla de homosexualidad. Las reacciones son viscerales, arcaicas. No sabemos por qué, pero nos molesta. No entendemos de qué se trata, pero nos oponemos por las dudas. Un amigo al que adoro repite convencido “todo bien con ellos, pero que no se me acerquen”, como si fuera una enfermedad contagiosa que pondría su mundo al revés por ósmosis.

Hay también una hipocresía malévola en consumir homosexualidad femenina  en las fantasías, cuando lanzan esas miradas envenenadas ante un beso, unas manos enlazadas, un abrazo entre dos chicos.

Muchos se quejan del exhibicionismo, del circo, de la “necesidad” de salir a la calle y mostrarse como lo hacen. Y yo me pregunto qué hacen los 364 días restantes, dónde guardan tanto glamour y tanta purpurina. En qué oscuro cajón las plumas duermen hasta el próximo desfile. Cómo hacen para ser abogados, bancarios, estudiantes, directores de cine, maestros y funcionar en la sociedad mimetizados con la “norma” mientras detrás de la puerta los arcoiris pugnan por escaparse por el ojo de la cerradura.

Por qué nos cuesta aceptar lo diferente? A qué le tenemos miedo? Es que no estamos tan seguros de nuestra propia elección que tememos que nos hagan cambiar de idea?

Quizás esto les caiga como un vaso de agua helada, pero es sólo amor. Amor del bueno, del malo o del que sea. Porque ni siquiera tienen garantizado un determinado tipo de amor. Casi casi como los hetero. Loco, no?

Hace unos años se legalizó en Argentina la ley de matrimonio igualitario. Seguí el debate hasta quedarme dormida, y cuando me desperté y leí las noticias lloré de alegría, de orgullo por mi país, de alivio por todas esas familias y parejas que podrían desde ese momento compartir no sólo la vida diaria sino el destino social de las parejas casadas. Piensen cómo se sentirían si después de vivir 30 años con alguien, cuando esa persona se muere ustedes se quedaran sin derecho a llorarlos, a heredarlos, a enterralos, a nada. Para la ley y la sociedad, no existía el vínculo que les ampare los mismos derechos que los heterosexuales damos por sentado. Por ellos lloré, porque me llenó el alma de alegría que nuestra sociedad tuviera un poquito menos de pacatería y un poco más de madurez.

A mi alrededor escucho comentarios amargos y me pregunto en qué freezer dejaron su corazón cuando hablan despectivamente de gente que ni conocen, ni nunca conocerán, porque estoy convencida que en verdad lo que tienen es miedo. Miedo a lo diferente, a lo desconocido. A que haya otra manera de ser feliz y les esté vedada, porque ellos, ya sabemos, están condenados a la normalidad.

 

 

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Acerca de Pequi

Vuelan las hojas en el viento y se llevan bajo el brazo todas las palabras pronunciadas y por pronunciar. Alguien tiene que darle una nueva voz a las palabras, y yo justo pasaba por aquí.
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